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«El campo de Soneja estaba atravesado por un riachuelo de agua potable. A cielo raso, rodeados de alambradas nos instalamos en aquel gran terreno. Calculo unas veinte mil personas. Los únicos edificios eran restos de masías destartaladas que utilizábamos libremente. La primera noche llovió sobre nuestros cuerpos. Por las mañanas nos dispersábamos y me reunía al atardecer con los campesinos para dormir con sus mantas» (Antonio Buero Vallejo)

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